La sesión partió de un desconcierto legítimo: cómo sostener sin contradicción "homosexual, comunista, de sensibilidad católica" ante una película tan perturbadora como Salò sin su misma repugnancia. La resolución llegó rápido — no hay tres casillas incompatibles sino un marxismo herético, formado en el catolicismo popular friulano, que combate el neocapitalismo no en nombre de la ilustración sino en nombre de lo arcaico que la técnica amenaza borrar. Desde ahí, la sesión se construyó por capas sucesivas, cada una corrigiendo o afinando la anterior — un ejercicio bastante puro de la caridad hermenéutica que HH 64 dejó como práctica. El primer hallazgo fue que el desenlace de Teorema no es uniforme: la familia burguesa se disuelve, mientras Emilia —campesina, de un catolicismo pre-conciliar donde carne y gracia no están escindidas por la culpa moderna— se consagra. La aparente paradoja de que el sexo con el huésped active su santidad se resolvió por la vía de la hierofanía eliadiana: no hay causalidad psicológica, hay manifestación de lo sagrado a través de un conducto que su cultura ya tenía preparado para recibirlo, mientras la familia, ya "alterada" por la técnica en el sentido que veníamos trabajando, carece de ese marco y solo puede leer el mismo acto como deseo desnudo. El registro judicial de 1968 —secuestro, proceso, absolución, el vaivén del premio OCIC retirado bajo presión vaticana— corroboró que los contemporáneos ya distinguían la carga específica del encuentro homosexual, dato que llevó a una discusión honesta sobre cuánto del propio deseo de Pasolini es matriz y no contaminación de su idea de lo sagrado — con las propias palabras del autor ("incesto con Dios", "ángel del destino, no demonio") como evidencia textual, no como interpretación forzada.
De ahí la sesión giró hacia el aparato técnico: Bataille (discontinuidad/continuidad, transgresión como disolución del ser constituido, con autocorrección explícita sobre la influencia directa que no pude confirmar) explicó con precisión el colapso de la familia pero no el ascenso de Emilia, dejando claro el límite del marco. Lacan aportó una distinción de solidez desigual — el objeto a como explicación sólida de por qué la partida del huésped, no su llegada, es el punto de quiebre; la père-version señalada honestamente como sobreinterpretación de un silencio narrativo. Y Aristóteles, convocado para corregir la lectura de "sexualidad animal", devolvió el diagnóstico a su lugar más preciso: no hay regresión a la bestia sino exceso de razón y libertad sin telos — pleonexia, no instinto.
La sesión cerró sin consuelo, como corresponde: el paralelo con Salò y el "genocidio culturale" que el propio Pasolini documentó en los años siguientes sostiene la lectura final de que el gesto de 1968, tanto en el grito del padre como en el entierro de Emilia, es la misma nada — un electroshock sobre un corazón que la historia, medio siglo después, confirma que ya estaba muerto. De ahí que cierre, no con una tesis reconfortante, sino con una imagen de Pasolini transformada — de supuesto satanista a pensador trágico de la técnica y lo sagrado — y una hoja de ruta de lecturas para seguir el rastro: Siciliano como puerta de entrada, Teorema como texto y Empirismo eretico como el aparato teórico que sostiene todo lo demás.